lunes, 20 de febrero de 2012

Difuso.



Va entre la multitud. Nadie lo percibe.
Es solo otro ciudadano más caminando por el metro a las siete de la tarde.
Nadie toma en cuenta que va con bastón. Solo pasan a su lado, al frente, a su alrededor. Caminando rápido, apresurados, cada uno inmerso en su vida.
Sin darse cuenta que el hombre del bastón va más lento, tiene frío. Las manos sucias y los ojos rojos de tanto llorar.
Ve todo difuso, todo borroso. Quizás en parte a las lágrimas, en parte, a la desconcentración. 
Y esa fecha... Esa maldita fecha. Esa jodida y perra fecha que hace un año le cambió la vida completamente.
Ella se fue para nunca volver aquella fecha.
Y duele, duele como ácido hirviendo caminar entre una multitud enorme y a la vez sentirse tan jodidamente solo. Solo, si, porque ella no está con él. 
Las lágrimas comienzan a caer, otra vez, por sus mejillas. Nadie se detiene a preguntarle que le pasa. Una niñita lo mira apenada pero el tirón que le da su madre la hace seguir caminando.
Y él piensa en lo solo que está. Solo sin ella. Y no vale la pena un mundo así.
Despertar en las mañanas sin ver sus sonrisas.
No poder acercarse en la cocina para poder sentir su aroma a vainilla y polvos de hornear.
No poder acariciar su mano en algún momento importante. 
No poder abrazarla. Porque el mundo giraba solo por sentir su cuerpo junto al de él.
Y ahora no hay nada de eso. 
Ya está viejo. Se tenían el uno al otro. Y si, quizás hay hijos, más adelante algún nieto, pero no es lo mismo. No sin ella. Nunca sin ella. 
Y es que, ¿cómo pedirle a un corazón destrozado que siga latiendo, si su sangre se estancó el día en el que ella murió?
Ellos no entienden. Nadie entiende su sufrimiento. 
La vida es una cáscara vacía que le piden, siga disfrutando como si aún hubiese algo dentro. 
Pero no lo hay. No hay nada. Absolutamente nada. 
Y las lágrimas siguen fluyendo por sus mejillas mientras él piensa una y otra vez que sin ella, no vale nada. Nada.
Viejo o no, jamás buscaría "la felicidad" otra vez. Hay amores eternos, amores que nunca mueren y el de ellos fue uno de esos. 
Conocerla y saber que estaría enamorado para toda la vida del mismo rostro, cambiara con el paso del tiempo o no. Joven, con su cuerpo transformado por la maternidad, con las primeras canas, las primeras arrugas. Todos esos cambios cargados de risas, sueños, esperanzas, besos, caricias, miradas cargadas de ternura como si aun fuesen solo novios. Más que eso, travesuras como dos jóvenes muriéndose de amor el uno por el otro y fingiendo no hacerlo por no saber que sentía la otra persona. Tontos. Dulces tontos. Y luego el primer beso. Las primeras palabras de amor. Aquella primera vez en que sus cuerpos fueron uno.
Y ahora... Ahora no queda más que arrugas, canas, una jodida cojera y los recuerdos.
Los recuerdos que lo torturan con una precisión agridulce una y otra y otra vez.
Porque recordar duele. Duele porque ella ya no está. Duele porque no puede comentar esos recuerdos compartidos con ella, que los vivió con él, ella, que se reía con él de aquellas estupideces que hicieron en la niñes. Ella, que aún se sonrojaba como una jovencita cuando él dulcemente le susurraba al oído sus secretos más intimos. 
Golpea el suelo fuertemente con el bastón antes de dejarse caer en un asiento en la plazoleta más cercana. 
Duele tanto. Maldita fecha. Maldita vida. Y maldito Dios, él que supuestamente es tan bueno, se la llevo.
Se la llevó a ella, su vida, su fe, su amor. Su único amor. 
La nieve comienza a caer despacio pero eso no le importa. Nada importa. Le caen copitos en la barba descuidada, no se ha molestado en afeitarse desde que ella murió. ¿Para qué? A ella le gustaba sentir su piel suave al besarle la mejilla, y a él no le interesa agradarle a nadie más que a ella, pero ella ya no está para apreciar los pequeños detalles. Así que no se esfuerza.
- Papa... - Su hija al fin lo encuentra, preocupada por su padre y su profunda depresión.
él levanta la cabeza de a poco, la nieve y las lágrimas mezclándose en su rostro. 
Su hija. Sangre de su sangre. Y de la de ella. 
Todo le recuerda a ella. Y duele tanto. 
Y hay que fingir, piensa con una sonrisa sínica gravada en la cara mientras se levanta del asiento. Fingir que todo está bien.
Aunque ella no esté. 

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